La última luz.

De todas, quizás la más pequeña.
se deslizó por pasadizos ocultando su estela.
cerrando ojos y oídos a influencias externas
había evitado los efectos de la guerra.
No huiría ¿cómo hacerlo?
¿no era este acaso también su mundo?
allá fuera sólo la querían muerta.
Bajó flotando las escaleras,
suave, como un velero a vela.

A su alrededor los dientes tronaban,
al  lado de las paredes de tierra.
¿Cuánto más debería bajar, para estar segura?
¿Cuánto más huir, por su existencia?
¿Cuánto tiempo esperar para evitar la muerte?
¿Cuánto más le quedaba de suerte?

Aprovechando su tamaño,
atravesó minúsculas grietas,
paso a paso, cada vez más adentro,
cada vez más cerca del centro
hasta encontrar un refugio,
un viejo y abandonado capullo
de seda envejecida de amarillo,
bajo el cual no se viera su brillo.

Y ahí se quedo oculta,
ahí se quedo dormida,
quizás para siempre,
quizás hasta otra vida,
dónde los lobos no la busquen,
dónde la Luna nuevamente exista.

 

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