Donde la Luna ya no brilla

Donde la luna ya no brilla.
De la luz imperecedera
duermen las semillas
debajo de la tierra.

Yace la esperanza maniatada
en capullos de papel mache y madera,
larvas de una vida pasada,
larvas de otra era.

¿Volverán a elevarse las Actias Luna,
En las noches sin estrellas?
¿Ahora que la Luna ya no brilla,
volverán a brillar ellas?

Duermen los capullos bajo tierra,
cubiertos de rutina y olvido.
Ocultos de la ruina y de la guerra,
Sólo confiando en el Destino.

Dice la profecía de la espera,
de aquellos que el rostro esconden.
“Volverá a remecerse la Tierra,
cuando atraviese el cielo su nombre”.

“Se derrumbarán los montes,
se separará el suelo,
brotarán d aquellos que se esconden
sus manos estirándose al cielo”.

Cuando se cumpla la profecía,
todo comenzará de nuevo,
Sed, mientras, albores del nuevo día,
encerradas dentro de vuestros huevos.

Sed, mientras, la esperanza escondida
detrás de la máscara del secreto,
Donde la Luna ya no brilla,
donde duermen hasta los sueños.

La última luz.

De todas, quizás la más pequeña.
se deslizó por pasadizos ocultando su estela.
cerrando ojos y oídos a influencias externas
había evitado los efectos de la guerra.
No huiría ¿cómo hacerlo?
¿no era este acaso también su mundo?
allá fuera sólo la querían muerta.
Bajó flotando las escaleras,
suave, como un velero a vela.

A su alrededor los dientes tronaban,
al  lado de las paredes de tierra.
¿Cuánto más debería bajar, para estar segura?
¿Cuánto más huir, por su existencia?
¿Cuánto tiempo esperar para evitar la muerte?
¿Cuánto más le quedaba de suerte?

Aprovechando su tamaño,
atravesó minúsculas grietas,
paso a paso, cada vez más adentro,
cada vez más cerca del centro
hasta encontrar un refugio,
un viejo y abandonado capullo
de seda envejecida de amarillo,
bajo el cual no se viera su brillo.

Y ahí se quedo oculta,
ahí se quedo dormida,
quizás para siempre,
quizás hasta otra vida,
dónde los lobos no la busquen,
dónde la Luna nuevamente exista.

 

En el vacío.

Negro sobre negro,
el abismo al descubierto,
estallido de estrellas,
desperdigados sus restos.

Donde la luz no llega,
donde no brilla la esperanza,
donde el emblema del desamparo,
flamea en la punta de una lanza.

Trinan las aves en el nido vacio,
trinos sin fuerza.
Trinos sin ruido.

En el vacío,
en el frío eterno
de aquello que una vez fue
y de lo que nunca ha sido.

Donde la única salvación,
ya se ha perdido
y donde la última isla,
vaga en el olvido.

Donde nada queda,
donde la sombra ya no toca,
donde todo lo que era,
se empolva.

Negro sobre negro,
se funde el sonido,
la última nota.

El Fin

Y se acabo el cuento,
se acabaron todas las páginas,
las hojas que se llevó el viento,
el eco de los lamentos,
la fuente de las lagrimas.

hoja tras hoja, avanzando
aun cuando se veía la contratapa.
Pero ¿dejamos de leer?
No, en ningún momento.
No importó seguir la marcha.

¿Qué importa ese futuro no incierto?
¿Que importaba la inminencia?
Se avanza paso a paso,
página a página a conciencia,
tratando de ver medio lleno el vaso,
sabiendo que la vida no tiene clemencia.

Y cae la última hoja,
de la adicta obra,
cruel telón en blanco
y buscamos,
en vano y desesperados,
ese continuará por todos lados.

Pero no hay nada,
la hoja sigue en blanco
y sobre ella cae la tapa.
Y sobre esta una mano
definitiva, huesuda, blanca,
cerrando la fatal contratapa.

Y una voz macabra y fría dice
—No conserves la esperanza,
no todos los finales son felices,
Ni todos los cuentos parte de una saga.
Hay historias que cuando acaban, acaban.
Y las huellas,
de nuestro viaje por ellos,
marcada, no en sus páginas,
sino en nuestra alma.

Muerte

Y desde el horizonte la Muerte alzó la quijada,
su mirada, a la sombra acostumbrada,
atravesó de lado a lado el mundo abandonado
sin olvidar de escrutar, ningún lado.

Esgrimió la guadaña, en su huesuda mano,
a la espera que sus predecesores hubieran acabado,
a que ya no quedara esperanza resguardada,
a que no quedara por salvar más nada.

Pues en ese momento,
cuando todo hubiera acabado,
bajaría su mano y su segadora arma,
y acabaría por segar de este mundo su alma.

De este mundo en agonía,
brotan estas palabras.
pronunciadas por las últimas esperanzas,
que quedan en sus ruinas escondidas.

 

Guerra

Brotando su cuerpo de la sangre derramada,
su cráneo rojo, su espalda escarlata.
Montó el jinete su corcel invisible
y miró el río de sangre que sería su marcha.

Y recorrió, la carmesí mancha,
deteniéndose cada vez que percibía una mirada,
un atisbo de las escondidas esperanza,
que sólo trataban de proteger su manada.

y saltaba, directo a su mente,
esgrimiendo en alta su espada.
El metal rojo sangre,
reluciendo en al oscuridad que dejo Hambre.

Y de un solo tajo arrancaba
lógica de las emociones,
de un solo corte derribaba
seguridades y convicciones.

Y de cada abismo abierto,
las preguntas en las esperanzas manaban,
¿Por qué quedarse y resistir?
¿Por qué no huir en desbandada?

Y siguió de mirada en mirada
cabalgando Guerra las mentes dañadas,
navegando el río de sangre,
apagando, con su espada, las últimas esperanzas.

Hambre

Por las grietas que dejó el triunfo,
cabalgó el jinete del hambre,
siguiendo el mismo rumbo,
olisqueando su corcel la sangre.

Por aquellas bocas de tierra,
devoró todo a su alcance,
devoró bestias, mansas y fieras,
devoró almas en menos de un instante.

Se bebió los ríos, los mares y los lagos,
se comió los bosques y los montes,
no quedo nada de pie hasta el horizonte,
nada, salvo un desierto aciago.

Sólo pequeñas luces
de esperanza escondidas,
su última tentación,
su última comida.

 

Triunfo.

Sus cascos retumbaron alrededor de la tierra,
y su voz sonó como un canto de guerra,
el sudor brilló sobre su piel mostaza
reverberando sobre el metal de su coraza.

Cabalgó hacía el reino de la melancolía,
haciendo temblar el suelo su paso,
haciendo retroceder la luz del día,
cubriendo todo con un manto de llanto.

Con una espada dorada a la diestra
y un escudo manchado a la siniestra,
galopa el triunfante el jinete
mientras con su carrera arremete .

Arremete contra la esperanza
y contra lo establecido.
Borra lo que ya existía,
en favor del olvido.

Las cinco trompetas.

Cuando sonó la primera trompeta,
nos tembló la tierra.
apenas nos pudieron las piernas,
rodó nuestra seguridad por el suelo.

Y toso eso que parecía tan seguro,
o se estrelló o se rompió en pedazos,
volaron platos, volaron cazos,
el mundo se quedó sin muros.

Cuando sonó la segunda trompeta,
El mundo se bebió sus llantos,
desaparecieron ríos, desaparecieron lagos,
no quedo agua alguna a la vista.

Se abrió una grieta
en los jarros de la templanza,
se escurrió la confianza.
y ya no se veía las estrellas.

Cuando sonó la tercera trompeta,
se instauró la oscuridad y el silencio,
Nada quedo de lo antiguo,
nada que prometiera lo nuevo.

de la mano reptó la negrura
con la mutes de la noche eterna,
el nuevo rey, la nueva reina,
de un mundo caído en la ruina.

Cuando sonó la cuarta trompeta
se levantaron los huesos,
aquellos esqueléticos miedos
que había enterrado tu sonrisa.

Un séquito creado de complejos,
de inseguridades y emociones arruinadas,
buscando a tientas, cualquier luz extraviada,
para disolverla en el olvido.

Cuando no sonó la última trompeta,
nadie quedaba que no la escuchase.
El mundo cerró sus ojos.
y él volteó. distante.