La última luz.

De todas, quizás la más pequeña.
se deslizó por pasadizos ocultando su estela.
cerrando ojos y oídos a influencias externas
había evitado los efectos de la guerra.
No huiría ¿cómo hacerlo?
¿no era este acaso también su mundo?
allá fuera sólo la querían muerta.
Bajó flotando las escaleras,
suave, como un velero a vela.

A su alrededor los dientes tronaban,
al  lado de las paredes de tierra.
¿Cuánto más debería bajar, para estar segura?
¿Cuánto más huir, por su existencia?
¿Cuánto tiempo esperar para evitar la muerte?
¿Cuánto más le quedaba de suerte?

Aprovechando su tamaño,
atravesó minúsculas grietas,
paso a paso, cada vez más adentro,
cada vez más cerca del centro
hasta encontrar un refugio,
un viejo y abandonado capullo
de seda envejecida de amarillo,
bajo el cual no se viera su brillo.

Y ahí se quedo oculta,
ahí se quedo dormida,
quizás para siempre,
quizás hasta otra vida,
dónde los lobos no la busquen,
dónde la Luna nuevamente exista.

 

Muerte

Y desde el horizonte la Muerte alzó la quijada,
su mirada, a la sombra acostumbrada,
atravesó de lado a lado el mundo abandonado
sin olvidar de escrutar, ningún lado.

Esgrimió la guadaña, en su huesuda mano,
a la espera que sus predecesores hubieran acabado,
a que ya no quedara esperanza resguardada,
a que no quedara por salvar más nada.

Pues en ese momento,
cuando todo hubiera acabado,
bajaría su mano y su segadora arma,
y acabaría por segar de este mundo su alma.

De este mundo en agonía,
brotan estas palabras.
pronunciadas por las últimas esperanzas,
que quedan en sus ruinas escondidas.

 

Guerra

Brotando su cuerpo de la sangre derramada,
su cráneo rojo, su espalda escarlata.
Montó el jinete su corcel invisible
y miró el río de sangre que sería su marcha.

Y recorrió, la carmesí mancha,
deteniéndose cada vez que percibía una mirada,
un atisbo de las escondidas esperanza,
que sólo trataban de proteger su manada.

y saltaba, directo a su mente,
esgrimiendo en alta su espada.
El metal rojo sangre,
reluciendo en al oscuridad que dejo Hambre.

Y de un solo tajo arrancaba
lógica de las emociones,
de un solo corte derribaba
seguridades y convicciones.

Y de cada abismo abierto,
las preguntas en las esperanzas manaban,
¿Por qué quedarse y resistir?
¿Por qué no huir en desbandada?

Y siguió de mirada en mirada
cabalgando Guerra las mentes dañadas,
navegando el río de sangre,
apagando, con su espada, las últimas esperanzas.

Hambre

Por las grietas que dejó el triunfo,
cabalgó el jinete del hambre,
siguiendo el mismo rumbo,
olisqueando su corcel la sangre.

Por aquellas bocas de tierra,
devoró todo a su alcance,
devoró bestias, mansas y fieras,
devoró almas en menos de un instante.

Se bebió los ríos, los mares y los lagos,
se comió los bosques y los montes,
no quedo nada de pie hasta el horizonte,
nada, salvo un desierto aciago.

Sólo pequeñas luces
de esperanza escondidas,
su última tentación,
su última comida.

 

Triunfo.

Sus cascos retumbaron alrededor de la tierra,
y su voz sonó como un canto de guerra,
el sudor brilló sobre su piel mostaza
reverberando sobre el metal de su coraza.

Cabalgó hacía el reino de la melancolía,
haciendo temblar el suelo su paso,
haciendo retroceder la luz del día,
cubriendo todo con un manto de llanto.

Con una espada dorada a la diestra
y un escudo manchado a la siniestra,
galopa el triunfante el jinete
mientras con su carrera arremete .

Arremete contra la esperanza
y contra lo establecido.
Borra lo que ya existía,
en favor del olvido.

Las cinco trompetas.

Cuando sonó la primera trompeta,
nos tembló la tierra.
apenas nos pudieron las piernas,
rodó nuestra seguridad por el suelo.

Y toso eso que parecía tan seguro,
o se estrelló o se rompió en pedazos,
volaron platos, volaron cazos,
el mundo se quedó sin muros.

Cuando sonó la segunda trompeta,
El mundo se bebió sus llantos,
desaparecieron ríos, desaparecieron lagos,
no quedo agua alguna a la vista.

Se abrió una grieta
en los jarros de la templanza,
se escurrió la confianza.
y ya no se veía las estrellas.

Cuando sonó la tercera trompeta,
se instauró la oscuridad y el silencio,
Nada quedo de lo antiguo,
nada que prometiera lo nuevo.

de la mano reptó la negrura
con la mutes de la noche eterna,
el nuevo rey, la nueva reina,
de un mundo caído en la ruina.

Cuando sonó la cuarta trompeta
se levantaron los huesos,
aquellos esqueléticos miedos
que había enterrado tu sonrisa.

Un séquito creado de complejos,
de inseguridades y emociones arruinadas,
buscando a tientas, cualquier luz extraviada,
para disolverla en el olvido.

Cuando no sonó la última trompeta,
nadie quedaba que no la escuchase.
El mundo cerró sus ojos.
y él volteó. distante.

Armaggedon.

Corren las almas sin cuerpo,
a buscar refugio en su mundo agonizante.
huyen ahora demonios, faunos, atlantes,
porque finalmente ha llegado el tiempo.

Desde el cielo sin astros cae el desastre,
grandes y frías gotas de rabia salada,
convirtiendo de un toque lo creado en nada,
arrasando con todo en un instante.

¿Qué será del mundo sin Luna cuando todo muera?
Sobrevivirá y se reconstruirá nuevamente
o surgirá tras sus cenizas una nueva tierra.

¿Volverán a alzarse los castillos y los puentes?
¿Nacerán nuevas presas? ¿nacerán nuevas fieras?
¿O se perderá en el olvido, en el olvido para siempre?