Tu luz.

Siempre adoré,
el brillo de tu risa,
como apocabas las estrellas
cuando esgrimías tu sonrisa.

Hada luminosa,
cuando carcajeabas,
temía el día
que su luz le quitaras.

Quise ser la sombra
que enmarcase tu brillo,
mas sólo logre ser el frío
Que apagó tu llama.

Hoy te miró de lejos,
para que mi aliento no te toque
y no apague de nuevo
esa luz que renace.

Sea mi ausencia
el regalo perfecto,
para esa luz que siempre
te salía de adentro.

Esa luz que admiré
y que siempre
me mantenía despierto.

Esa luz que envidié
aun ahora,
a la sombra del desconsuelo.

La gata en la sombra

 

Ojos de aguamarina,
rubíes en la sonrisa,
estabas ahí,  en la sombra,
estabas ahí, escondida.

Vigilante,
siempre un paso por delante,
quien hubiera oído lo que antes decías.
quien lo hubiera oído antes que te fueras.

No, corrijo, antes que te dejara ir.
cuando sobre el respaldo de mi silla
te acurrucabas y prometías,
te acurrucabas. tu espalda contra la mía.

Ibas y venías,
adentro y afuera de mi vida,
yo mantenía la entrada abierta,
y mantenía abierta también la salida.

Hasta que un día ya no volviste,
entre las calles del tiempo te fuiste.
Y pensé que ya no te vería,
y pensé que habías desaparecido.

Pero volví a ver brillar tu sonrisa,
tras la ventana, en la cornisa.
Tus ojos de aguamarina,
tus ojos sin rencor en la pupila.

Gracias, por estar ahí a pesar de todo,
a pesar del frío y de la desidia.
porque sigues ahí, en la sombra,
porque sonríes aun escondida.

 

Sombras

Dos extraños por afuera,
se miraron,
como si fuera la primera vez que se veían,
se miraron.
En un banco, a altas horas,
conversaron,
de lo suyo y de lo suyo,
conversaron.
No hubo un roce, ni una caricia,
aguantaron,
sin dejar que mande las ganas,
aguantaron.
Cuando se acabo el día, como extraños,
marcharon,
cada uno por su lado.
marcharon.
Mientras en el banco,
quedaban,
sus sombras, lo de adentro,
tomadas de la mano.