El final.

¿Cómo explicar que duela perderte,
aun sin que jamas te haya tenido?
¿Como apacigua el corazón herido,
el espacio que deja lo partido?
Te alejas cada día paso a paso,
y ya ni tu sombra me va quedando.
¿Dónde quedaron las risas?
Incluso ¿Dónde los llantos?

Y es como si el infierno,
hubiere anidado en mi pecho,
miles de demonios bailando,
mientras yo me hallo resoplando.
aplastado bajo sus pezuñas victoriosas.
Ríe la rabia y ríen los celos.
Pues saben que los vencedores son ellos.

No quiero rendirme, en serio no quiero.
No quiero quedarme con los pies en el suelo.
Pero los ojos del demonio me han mirado de lleno
y sus dedos con llagas me han señalado.

-Tu ya estas muerto- me ha dicho.
y con su dedo me ha señalado.
ha tomado todas mis máscaras y me las ha lanzado.
-Ahora estamos nosotros al mando-

y así siento que desaparezco,
así como lo hacen los versos.
así como muero.

Pronto de mi no quedara nada.
solo ellos, sonrientes y mi mascara.

De mi, Nada.

Nada.

 

 

Luna perdida.

El sacerdote de la Luna ha marchado de rodillas,
a recorrer cuencas, mares, cientos de millas.
Pagando penitencia hasta el fin del día.
Esperando su hora para decir que lo sentía.

Dentro del templo había gritado.
por que la luz de la luna no sólo a él había alumbrado.
Exigía retribución por todo su esfuerzo.
quería un trato especial por todos sus rezos.

Cierto era, que nadie más que él se esforzaba tanto.
cierto era que llenaba la noche de la luna con sus cantos.
cierto era en su mente nada más importaba,
que la felicidad de la luna, de su amada.

Y cuando la luna entro esa tarde en el templo,
y su luz barrio lánguidamente el suelo.
Llegó por igual para devotos y blasfemos
y el se ofendió de no haber sido el primero.

¿Para que me nombraste de todos tus seguidores el más querido?
¿Para que sirvió mi esfuerzo? ¿el sueño perdido?
Todo con tal de entregarte una sonrisa
¿y no eres capaz de alumbrarme en mi misa?

La luna no sonrió más y se apago de pronto.
Ya no estaba, ni su luz, ni su fuego ni su contorno.
De las entrañas de la gente subió un murmullo de miedo,
que se trastoco en rabia, inseguridad y cayo en su pecho.

El sacerdote de la Luna ha vuelto de rodillas,
a recorrido cuencas, mares, cientos de millas.
Pagando penitencia hasta el fin del día.
Esperando su hora para decir que lo sentía.

Con la eterna esperanza de que ella,
aun a pesar de todo, sabría que lo sentía.
Con la esperanza de que ella.
nuevamente volvería.

 

Al Borde

Estoy al borde de la locura,
La pregunta aun perdura.
¿salto o no salto?
¿avanzo o me estanco?

¿Morir para vivir de nuevo?
¿o vivir mientras estas muerto?
¿Simular que vives un sueño,
o correr en pos del deseo?

Estoy al borde de la locura,
solo tu mano en mi pecho
evita mi descenso.
Si la apartas me sumerjo.

Que ironía,
lo único que me mantiene vivo,
es aquello por lo que quiero estar muerto.
sólo por que cree que es lo correcto.

Arranca tu mano y deja que caiga,
para que mi alma se eleve y vuele.
Abre luego tus brazos y recibe,
junto a tu pecho a mi alma libre.

3006

Doscientos y un años han pasado,
Doscientos y un años de su vuelo,
de sus viajes por sobre el mar,
de su continuo deambular.

Yo la vi en mi torre,
desde mi ventana rectangular.
Tan solo un vistazo,
una mirada fugaz.

Una luna que aun llena,
sonreía sin parar.
Sin siquiera darme cuenta,
me comencé a obsesionar.

Llene mil grimorios con sus datos,
Mil poemas, relatos, odas,
Cantos, ensayos obras.
Acerca de sus ojos de sol.

¿Se puede uno enamorar
de un cuerpo perfecto celestial?
¿Se puede uno enamorar
de aquella que no se puede alcanzar?

Había una manera,
Debía dejar todo atrás.
Pronunciar el conjuro indicado
y en un abismo saltar.

 

2805

En el 2805 nació una Luna,
de entre islas se elevó al cielo.
Su cabellera dorada enmarcaba,
su hermoso rostro ovalado.

Desde el suelo los hombres la observamos,
y su su estela nos iluminaba.
Guiaba tortugas, los perros le aullaban
y los magos y brujas le adoraban.

Cruzó el mar con voluntad propia,
y dejo que su sombra hollara las nieves impolutas.
y dejo que sus dedos rosaran la mente de los hombres.

¿Cuántos hombres cayeron?
¿cuántos bajo sus encantos?
¿Cuántos enloquecieron?
¿Cuantos nos enamoramos?

Luna amada por todos,
Luna adorada.
Los hombres la llamaron Diana.
Yo la llamé con mi alma.

 

Maldición.

¡Yo te maldigo!
Que tu aura se vuelva zarza,
que descienda iracunda por tus muslos
y se extienda toda.
Que sus púas desgarren los pies desnudos,
de aquellos que osen acercarse.

Que que tus ojos se vuelvan soles,
y ardan con la furia que me alimenta.
Ardientes luminarias de mirada certera,
que enceguezcan y que hieran
a quien siquiera mirarlos se atreviera

Que tu belleza toda esté maldita,
y que condene al que te vea,
que dañe, mate y hiera.
Que nadie pueda mirarte siquiera.

Maldigo a tu piel volverse fuego,
que  emponzoñe con llagas
a quien se atreva a tocarla.
Que derrita intenciones,
y que vuelva a cenizas
bosques enteros de pasiones.

Ojala tu boca envenene, corrosiva.
sea mi rabia, ácido en tu saliva.
que marque y destroce y en un solo roce,
le quite a aquello que se le acerque la vida.

Que tu sexo devore y no deje rastros,
que eliminé aun antes del mismo acto.
Te condeno a no ser tomada, tocada, vista y probada,
por cualquier mano que no sea la que empuño con rabia.

Que este miedo de perderte
se vuelva demonio verde maligno,
vuele de mi boca a tu alma,
y se encarne  en todo lo que tocas.

Hasta que pueda quitártelo yo mismo.
con mi boca directo de tu boca.

Aullido

Un bosque, en lo profundo de la noche,
Un claro, en lo profundo del bosque,
Tres cuerpos, alrededor de la hoguera.
Velando, en la oscuridad, a la espera.

Un destello, al este, una luminaria,
una frente plateada que avanzaba.
Detrás del monte, suavemente.
Abriéndose paso por el cielo,
abriéndose paso en sus mentes.

¡Oh Artemisa! Diosa de la caza,
Dadnos la piel de tus hijos,
dadnos sus armas.
Dadnos sus fauces, dadnos su rabia,
dadnos aquello que ella amaba.

Un aullido, desde el fondo de la garganta,
Unos dientes, bordeando el aullido,
Tres cuerpos, olisqueando las cenizas.
Velando, en la oscuridad, a la espera.

Y la luna avanza, con su vestido de plata.
En la mano una estrella, un amante cansado.
En su arco van montadas tres flechas grises.
Sus dedos extendidos sobre la cuerda,
sus ojos cerrados, la cacería aun no comienza.

¡Oh Selene!, luz de la noche,
ilumina nuestros ojos cambiados,
Nuestras pieles curtidas,
nuestras manos mutadas:
¡Abre los ojos, dadnos alas!

Una presa, altiva, armada, agresiva,
entrando en el bosque.
Tres cuerpos, formados,
Cual arcos tensados.

Y en el cielo su Diosa, atenta al momento.
patrona de la caza, patrona de los bosques,
patrona del espíritu libre
y de la salvaje naturaleza.

¡Oh Diana!, la más perfecta,
Siempre tan lejos, pero siempre tan cerca.
Desde el espejo te miro y contemplo,
que no daríamos por ser esa estrella,
que te acompaña en tu viaje, que a tu lado espera.

Y Diana abre los ojos,
y Selene suelta la cuerda,
Artemisa sonríe satisfecha.
Vuelas las tres flechas plateadas
y la cacería al fin comienza.

 

El Viejo Perro.

 

El viejo perro no conocía la Luna,
jamás la había visto brillar.
El viejo perro vivía atado,
encarcelado en una perrera de cristal.

El viejo perro lo tenía todo,
comida, juegos, un techo bajo el cual dormir.
Su cadena era de oro,
¿por qué demonios iba a querer huir?

Pero un día la noche lo pilló afuera,
una noche despejada y estrellada.
El brillo de la luna asomó tras el monte,
justo donde él posaba su mirada. Sigue leyendo «El Viejo Perro.»