Tu luz.

Siempre adoré,
el brillo de tu risa,
como apocabas las estrellas
cuando esgrimías tu sonrisa.

Hada luminosa,
cuando carcajeabas,
temía el día
que su luz le quitaras.

Quise ser la sombra
que enmarcase tu brillo,
mas sólo logre ser el frío
Que apagó tu llama.

Hoy te miró de lejos,
para que mi aliento no te toque
y no apague de nuevo
esa luz que renace.

Sea mi ausencia
el regalo perfecto,
para esa luz que siempre
te salía de adentro.

Esa luz que admiré
y que siempre
me mantenía despierto.

Esa luz que envidié
aun ahora,
a la sombra del desconsuelo.

Luz y oscuridad

Yacer,
muy adentro de ella.
Y brillar,  diamantina,
como si fuéramos una.

Acoger,
en un abrazo,
cada rayo suyo,
esconderla en mi regazo.

Escapar,
por entre sus dedos,
cálida, serena,
beber su veneno.

Apretar,
con piernas y brazos,
absorberla con un beso,
con un beso desalmado.

Y fundirse,
en su centro,
ser una fuera, una dentro,
cómo el aroma y el viento.

Y fundirse,
sin nada de trabajo,
como la hierba lo hace en el prado,
una arriba y la otra abajo.

Y que la luz se haga fondo,
y que la oscuridad destaque en ella,
se ensombrezcan los rayos,
y brillen las lenguas.

Que no hay una sin la otra,
ni la otra sin ella,
fundidas en una abrazo,
a bailar de nuevo, empiezan.