La muerte no lee poemas.

—Moriré si no te tengo.
dijo él compungido,
—no puedo vivir sin verte.
dijo ella ahogando un suspiro.
—Se me va la vida cuando no estas cerca.
—Mi corazón sólo late con tu presencia.
—Tuya es mi vida.
—Y tú eres la mía.

Pero no le importó eso al tiempo.
Y helos ahí, viviendo.
cada uno por su lado,
cada uno preocupado de su tema.
¿Y qué podríamos hacer al respecto?
Es que la muerte no lee poemas.

 

Ella

 

 

Querida amiga mía
la paciente amiga de todo el mundo.
Tú que esperas para siempre hasta al más reticente
hasta las eternas letras caen, bajo tu guadaña certera
La Blanca                              Muerte                              La seria
AhPuch                                 Baata                                  Az’rael
Iama                                   Mocha                                   Hela
Catacha                          Perséfone                               Aita
Catrina                     la fiel esposa                      Tú Ella.
Poco importa bajo que nombre te llame
vana jamás    harás   la espera.
¿Es hora ya     de     invocarte?
¿hora de abrirte la puerta?
No, falta para la hora negra
Mas mantente cerca,

¿Oyes?

¿puedes oírlo?
¿Los pasos allá afuera?
como avanzan las ovejas en fila,
como avanzan sin espera,
como enfilan hacía el matadero,
donde no los salvara el consuelo.
La muerte negra se alza recta,
y en su boca: negra sentencia,
de sus ojos, hechos de Brea,
escapa el hedor de la nueva era
mientras su mano se eleva
y su dedo nos apunta
remarcando su condena.
¿Puedes oírla siquiera?
¿Cómo su risa reverbera?
En cristales empolvados,
en el piso que tiembla,
es el quejido de la tierra
subiendo por tus piernas.
No, no son los nervios,
no, no es la tristeza,
es empatía negra,
su dulce alimento,
su azucar morena
¿puede   ya  oírlo?
¿podrás a tiempo?
el dedo muerto
que se acerca.
Cierra los ojos,
y escucha,
desespera.
Es ella,
Ella.

El Fin

Y se acabo el cuento,
se acabaron todas las páginas,
las hojas que se llevó el viento,
el eco de los lamentos,
la fuente de las lagrimas.

hoja tras hoja, avanzando
aun cuando se veía la contratapa.
Pero ¿dejamos de leer?
No, en ningún momento.
No importó seguir la marcha.

¿Qué importa ese futuro no incierto?
¿Que importaba la inminencia?
Se avanza paso a paso,
página a página a conciencia,
tratando de ver medio lleno el vaso,
sabiendo que la vida no tiene clemencia.

Y cae la última hoja,
de la adicta obra,
cruel telón en blanco
y buscamos,
en vano y desesperados,
ese continuará por todos lados.

Pero no hay nada,
la hoja sigue en blanco
y sobre ella cae la tapa.
Y sobre esta una mano
definitiva, huesuda, blanca,
cerrando la fatal contratapa.

Y una voz macabra y fría dice
—No conserves la esperanza,
no todos los finales son felices,
Ni todos los cuentos parte de una saga.
Hay historias que cuando acaban, acaban.
Y las huellas,
de nuestro viaje por ellos,
marcada, no en sus páginas,
sino en nuestra alma.

Muerte

Y desde el horizonte la Muerte alzó la quijada,
su mirada, a la sombra acostumbrada,
atravesó de lado a lado el mundo abandonado
sin olvidar de escrutar, ningún lado.

Esgrimió la guadaña, en su huesuda mano,
a la espera que sus predecesores hubieran acabado,
a que ya no quedara esperanza resguardada,
a que no quedara por salvar más nada.

Pues en ese momento,
cuando todo hubiera acabado,
bajaría su mano y su segadora arma,
y acabaría por segar de este mundo su alma.

De este mundo en agonía,
brotan estas palabras.
pronunciadas por las últimas esperanzas,
que quedan en sus ruinas escondidas.