Tu luz.

Siempre adoré,
el brillo de tu risa,
como apocabas las estrellas
cuando esgrimías tu sonrisa.

Hada luminosa,
cuando carcajeabas,
temía el día
que su luz le quitaras.

Quise ser la sombra
que enmarcase tu brillo,
mas sólo logre ser el frío
Que apagó tu llama.

Hoy te miró de lejos,
para que mi aliento no te toque
y no apague de nuevo
esa luz que renace.

Sea mi ausencia
el regalo perfecto,
para esa luz que siempre
te salía de adentro.

Esa luz que admiré
y que siempre
me mantenía despierto.

Esa luz que envidié
aun ahora,
a la sombra del desconsuelo.

El hada que no brillaba

Una vez conocí un hada,
decía que no brillaba,
y se escondía avergonzada bajo una rama.
Mas se mentía,
pues yo veía como relucía.
Las huellas de sus pies,
lo que tocaba con sus manos,
una vez ella se escondía se encendía.
A su espalda una huella,
luminosa y etérea,
iba arrastrando.
cada paso dado,
era una nueva estrella.
—Si brillas— le dije,
pero no escuchaba.
—Si brillas— le repetía,
pero solo lloraba.
Era el llanto el que no la dejaba,
admirar su propio encanto.
Traté de consolarla,
colmándola de afecto,
exagerando, también mintiendo.
Y lo conseguí un tiempo.
Olvidada de su falsa desgracia,
sonreía el hada de nuevo.
Sonreía yo de paso,
sonreía el mundo entero.
Mas las mentiras son como naipes.
No podemos construir con ellos,
nada sostenible al menos,
nada que dure mucho tiempo.
Una vez conocí a un hada,
una vez la convertí en reina,
una vez logre que olvidara,
el sufrimiento.
Mas no note que los muros,
de cariño con los que la rodeaba,
solo lograba ocultar más,
su aura dorada.
Una vez conocí un hada,
pero de ella hace mucho no se nada.