Hijo del recuerdo

Eres el hijo de la sabiduría
su agudo mancebo
rápido como el pensamiento
llegas casi siempre con un lamento,
o con un grito —dependiendo del momento—
¿cómo lo hacen aquellos,
que te buscan dispuestos
a compartir contigo su cama
su piso sus íntimos momentos?
Hijo de la experiencia
vas armado de pies a cabeza.
¿Tendré yo la entereza
de soportar tu visita constante?
Aunque trate de ir por delante
terminas siempre dándome alcance.
Hijo del conocimiento,
déjame olvidar tu nombre al menos,
ahora cuando ese otro,
al que pertenece ese rostro
te invoca a diario,
armado y dispuesto,
a atravesar mi pecho
con tu tridente de recuerdos.

Duele

Duele,
la mano que no quedó marcada en su pecho,
la tibieza no sentida,
la recaída.
Cada palabra esgrimida
que su blanco no ha alcanzado,
cada caricia,
cada sonrisa,
cada gesto perdido en el espacio.
La distancia,
la paciencia,
la esperanza perdida
y el puesto vacío en la mesa.
¿cómo llenar el vacío que dejan,
tus pies fríos y tus manos inquietas?
Sus ojos se esfuerzan en llenar el espacio,
pero nunca es suficiente llanto,
y duele
porque nunca es suficiente
nunca, para quien ha esperado tanto.