La gata en la sombra

 

Ojos de aguamarina,
rubíes en la sonrisa,
estabas ahí,  en la sombra,
estabas ahí, escondida.

Vigilante,
siempre un paso por delante,
quien hubiera oído lo que antes decías.
quien lo hubiera oído antes que te fueras.

No, corrijo, antes que te dejara ir.
cuando sobre el respaldo de mi silla
te acurrucabas y prometías,
te acurrucabas. tu espalda contra la mía.

Ibas y venías,
adentro y afuera de mi vida,
yo mantenía la entrada abierta,
y mantenía abierta también la salida.

Hasta que un día ya no volviste,
entre las calles del tiempo te fuiste.
Y pensé que ya no te vería,
y pensé que habías desaparecido.

Pero volví a ver brillar tu sonrisa,
tras la ventana, en la cornisa.
Tus ojos de aguamarina,
tus ojos sin rencor en la pupila.

Gracias, por estar ahí a pesar de todo,
a pesar del frío y de la desidia.
porque sigues ahí, en la sombra,
porque sonríes aun escondida.

 

Tyv del cráter de oseas flores.

Más allá de los montes del deseo,
junto a los reinos del rey astado,
cerca del puerto de la esperanza,
hogar de traficantes y piratas.
Yace en el valle un forado,
cráter maldito de eterna sapiencia.
de huesos y cuerpos su suelo sembrado,
flores oseas, carnosas hojas,
ríos de metálica sangre roja.
Ghoules y bestias esperan hambrientos,
al próximo viajante desafortunado,
para roer sus piernas y alimentar con su cuerpo,
la escatológica fauna que pulula en el yermo.
En el centro rampa siempre atento,
el amo de aquellas tierras del hambriento,
un ave negra, de pelado cuello,
plumaje oscuro, tintado por la sangre,
de aquellos que, a pesar de todo,
se acercan a él tarde tras tarde.
Tyv, el guardián de verdades,
el pragmático,
grandes reyes le han consultado,
pocos, con la respuesta, han regresado,
mas los que lo han hecho lo han recomendado.
Así que si tienes dudas, ya sabes,
puedes acudir a su lado,
dejar que su cruel sabiduría guíe tu obra.
Pero no olvides dejar algo, quizás un bocado.
quizás un dedo o una oreja, que para algo sobran,
y quizás, solo quizás, puedas regresar a casa parado.

 

 

El Cálao de ojos verdes

Hay un agujero en mi pecho,
donde anida demoníaco,
un cálao de ojos verdes,
de plumaje negro y opaco.

No le gusta verte contenta,
ni que disfrutes de la vida,
y se agita, nervioso e inquieto,
cuando ve que sigues tu vida.

Así grazna en mi oído,
sonidos que sólo yo entiendo,
palabras cargadas de dolor e ira,
palabras cargadas de sufrimiento.

—Que la muerte me de su guadaña,
para sesgar las vidas que compartes,
aquellas que vienen llegando ahora
y aquellas que venían ya de antes—

Así que aprieto los dientes,
los puños y los labios,
elevo una oración a la luna
y procuro mirar a otro lado.

Mientras le digo al demonio alado
que tu felicidad es más importante,
que no importa lo que esté pasando,
lo que importa es que vayas andando.

Y doy media vuelta,
un evitar forzado a dejar el abismo,
mientras el pajarraco desde adentro,
se descarga a picotazos conmigo mismo.

El rey astado

Tras la isla de los montes anhelados,
más allá del mar de la distancia,
Se erige un castillo,
envidiable en majestuosidad y lontananza,
De sus almenados muros escapan,
prestos y armados,
caballeros, espías y soldados,
elfos, humanos y trasgos,
y una que otra criatura oscura,
reptante, en su interior oculta.
Y frente a ellos, estandarte en alto,
su rey astado encabeza la marcha.
La frente en alto, la capa ondeando a su espalda,
los cuernos, de su poderío amenaza,
brillando hasta en su sombra con una luz dorada.
—Milord, el mundo está servido—
dice una voz con petulancia.
Se eleva el brazo, se elevan los gritos,
canta un pueblo entero melodías de alabanza
mientras suben a un viejo argos sus miles de lanzas.
y, bajo el estandarte, sin ya más espera,
comienza triunfante la marcha.