Un monstruo entre nosotros.

El monstruo salió a las calles,
con las garras en alto,
los dientes afilados y torcidos,
babeando.

Ensayo su rugido,
y su risa macabra.
Había practicado día y noche,
el grito.

El monstruo se acercó reptando,
sus victimas distraídas leían,
sentadas seriamente,
el periódico del día.

Se alzó invisible,
las fauces abiertas,
los ojos centelleantes,
amenazante.

Mas al casi dar el mordisco,
sus ojos se posaron en el texto,
que su victima sostenía en sus manos.
leyó atento.

El monstruo se alejo cabizbajo
¿de que servía tanta practica?
¿Tantas garras tantos colmillos?
Estaba abatido.

¿De que servia tan monstruoso esfuerzo
si en este mundo tan loco,
aborrecible de por si poco,
los peores monstruos eramos nosotros?


A Lucía Pérez y a tantas otras sin nombre que vuelan obligatoriamente liberadas.

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